CORRIDAS DE TOROS EN LIRCAY
(Las de antaño)
Culminada las actividades centrales de la fiesta de la Mamacha Carmen, el 17 de julio por la mañana, Lircay se engalanaba con una vistosa cabalgata, en la que los más caracterizados vecinos jineteaban sus caballos por las calles de la ciudad recogiendo divisas y donativos entregados por bellas damitas y comerciantes lirqueños. La banda de músicos acompañaba todo el trayecto a la cabalgata ejecutando armoniosos pasodobles y por ratos, el sonido intermitente de las waqjarap’ukus se dejaba escuchar a lo lejos como anunciando la cercanía de la fiesta taurina.
Era un honor ser parte de la comitiva hípica, y motivo de orgullo de los familiares ver a nuestros padres o hermanos mayores, vestidos con su mejor atuendo, sombrero y poncho terciado, el pecho cruzado por cintas multicolor y la espalda cargada de una vistosa divisa, cabalgando en tropa de bien enjaezados corceles.
La tarde se iniciaba con el tradicional acompañamiento de cañas que consistía en un recorrido por la ciudad, en largas filas de parejas portando frescas cañas de azúcar al compás de la banda y la orquesta. Por un lado el mayordomo y por el otro el tronero, acompañados de sus amigos y parientes, ingresaban a la Plaza de Pueblo Viejo donde se iba a realizar la corrida de toros.
Terminado los actos previos, se desarrollaba la primera corrida de toros, los cuales duraban dos días. La primera tarde taurina e estaba organizada por el mayordomo. Al día siguiente era organizada por el tronero. Eran las corridas del «misti toro» y el «runa toro» nombre consignado como una forma de establecer la condición social de los obligados. Estas costumbres aún se mantienen casi intactas en la actualidad.
En cada uno de estos eventos taurinos, los obligados, encargados de dotar los toros, se empeñaban para que los suyos sean mejor que la de su oponente. En el tendido la algarabía era total y el entusiasmo se apoderaba de los presentes. Colorido por doquier, buena música, suculentas viandas, variados tragos, chifleros venidos de tierras extrañas y los infaltables toreros aficionados que arriesgaban su vida enfrentándose al astado, sólo para impresionar a alguna damita a quién le pusieron la puntería.
Y para variar, al fin de mes dos corriditas más: una organizada por el subprefecto y la otra por el alcalde provincial para honrar, esta vez, a nuestra amada patria.
Aún queda en la retina de muchos lirqueños de antaño, las famosísimas corridas de Yawar Fiesta. Consistía en atar un cóndor sobre el lomo de un toro y soltarlo a la arena. El cóndor, asustado por el bullicio de la gente, trataba de picar los ojos del toro y éste, embravecido por el dolor que le causaban los picotazos del rey de las alturas, corría desesperado por el ruedo embistiendo a todo lo que encontraba a su paso.
Luego de unos minutos de espectáculo, se daba la orden de realizar el «aychapela», acto por el que muchos campesinos y no pocos muchachos de la ciudad se abalanzaban sobre el cóndor y le empezaban a arrancar sus plumas, carne o despojo alguno, en la creencia que les serviría para curar algunas enfermedades como la epilepsia. Esta salvaje práctica terminaba matando al cóndor, por lo que generaba el rechazo de mucha gente. Finalmente, en un periodo comprendido entre las décadas de los 40 al 60 el yawar fiesta fue perdiendo vigencia hasta desaparecer definitivamente y con él también, el rechazado «aychapela».
Por: Adolfo Ruiz Zanabria.

Muy interesante fotografía cuando las corridas eran en las plazas seguro que fueron mejores que hoy.🐂🐂🐂🐂
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Gracias totales don Federico Salas Guevara Schultz por considerar en su página mi artículo referido a la corrida de toros en Lircay. Reciba mi abrazo sincero.
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